domingo, 26 de agosto de 2012

Arte en la Iglesia del Colegio Internacional

ROMA, Italia.- El P. Ivan Marko Rupnik está ilustrando con su arte la nueva iglesia del Colegio Internacional San Lorenzo de Brindis en Roma. Aún queda por realizar el altar de la Virgen y el viacrucis.
Pero ya tenemos las obras principales que nos envuelve en una atmósfera sacramental centrada en el Cuerpo del Verbo encarnado. Un Cristo que se encarna en Jesús, en la Eucaristía y en la Iglesia, y así asume toda la historia y toda la creación.
En la puerta del templo y en la puerta del tabernáculo nos encontramos con la imagen de la Anunciación (la primera en madera taraceada y la segunda en una terracota). En estas puertas está representada la anunciación porque Cristo no es el logos griego sino el Logos personal de Dios que asumió la carne y nosotros como Cuerpo de Cristo somos parte de esta carne de Dios. Entramos a la Iglesia porque somos el Cuerpo de Cristo encarnado y comulgamos con el Cuerpo de Cristo encarnado. Por eso también la imagen está en el sagrario, porque el Cuerpo de Cristo es el Cuerpo de Nuestro Señor y al mismo tiempo nuestra realidad (nosotros somos cuerpo de Cristo en cuanto comunidad-Iglesia). San Agustín dice que cuando decimos Amén al comulgar decimos nuestra propia identidad: “sí, soy ese cuerpo de Cristo”.
En estos tiempos de individualismo, el Sacramento expresa la comunión, por eso al entrar en la Iglesia se nos recuerda que somos el cuerpo de ese Cristo Encarnado.
En los símbolos también encontramos a María que está tejiendo (puerta) o hilando (sagrario): con su sí, teje la historia, da sentido al hilo de la historia. Su sí es un sí dinámico.
En las Iglesias el ábside (parte de arriba en el fondo de las construcciones románicas) es un lugar cóncavo que expresa el seno del Padre, por quien todo es generado. Por el lugar central que ocupa se transforma en el centro de las miradas. Por eso allí debe estar el Hijo, que está en el Seno del Padre: es el Cristo Total en quien subsisten todas las cosas. El cuadro se completa con el Espíritu Santo que está en la cúpula de la Iglesia, la ilumina y la conduce y la creación entera con los animales y las plantas que están en el suelo de la iglesia (imágines al final).
Inmersos en este mundo totalmente sagrado y totalmente terreno es que se vive la sacramentalidad de la Iglesia.
A la izquierda del mosaico tenemos un episodio del Antiguo Testamento (Moisés y la zarza ardiente) y a la derecha uno del Nuevo Testamento (Jesús que envía a los discípulos a la misión). Expresando la tensión dinámica de la revelación que siempre nos manifiesta nuevos contenidos.
Moisés y la zarza ardiente: Siguiendo la teología de Pablo (2Cor 3,12-18)1 Moisés no vio la realidad sino que estaba cubierto por un velo, él veía la creación, a Adán y Eva, pero no estaban preparados para ver la realidad, se necesitaron muchas generaciones para que se corra ese velo y poder ver que se trataba en realidad de Cristo y de la Iglesia. Por eso Moisés ve el fuego, pero nosotros, sin velo, vemos que la zarza es la Virgen Madre, donde la divinidad se une con la humanidad sin destruirla sino plenificándola. María es la Virgen hecha iglesia. Moisés, descalzo, tiene la misión de liberar al pueblo, pero esto es sólo la imagen, pues la realidad es otra, es la de los discípulos enviados por Cristo.
Misión de los discípulos: Cuando Cristo da la misión a los discípulos es de liberar no de una esclavitud, sino de la esclavitud radical del pecado, no de una opresión sino de la muerte. Cristo es la verdadera pascua y se lo puede ver en su rostro. Cristo los manda con sandalias, porque hay que llegar a todos los pueblos (Moisés está descalzo), les da el bastón, que tiene forma de cruz. Un discípulo ya lo lleva (“el que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí” Mt 10,38). Cristo le entrega la cruz-báculo al otro discípulo.
Pero deben dejar todo lo que sobra, no deben llevar morrales (que son abandonados en la parte de abajo en el centro de la escena). Quien conoce las exigencias del Padre sabe qué es la cruz y que debe llevarla en la mano, ella es su apoyo y su insignia. Uno de los discípulos tiene la Palabra en la mano que se transforma en camino (el Cristo total del centro en el libro dice “yo soy el camino” Jn 14,6) y el otro tiene el aceite para ungir y sanar a los enfermos (Palabra y sacramentos): los discípulos deben llevar la salvación a la totalidad de la persona. Cristo no camina, es el que envía y está siempre presente: sólo a su lado, frente a él y en él podemos llevar adelante la misión, a él lo hacen presente los discípulos que caminan (comunidad): la misión es ser humanidad teofánica.
El Pantocrator central: Es la humanidad asumida por el Logos. Está antes de la creación, bendice a la creación (figurada en el piso de la iglesia) y la lleva a plenitud por el Espíritu Santo (cúpula de la Iglesia). Aquí la Imagen (fuimos hechos a imagen de Jesús) y lo creado coinciden con el Redentor. Esta bendición universal que da vida, es la misma que llevan los discípulos (el Cristo que envía está bendiciendo de la misma manera).
La Iglesia como sacramento del mundo: Este Cristo total esta dentro de un cáliz. Porque este es el cáliz donde desciende Cristo está en el espacio de la Eucaristía que celebramos. Este cáliz es al mismo tiempo la gloria (dorado) y la tierra, lo creado (marrón). En la Eucaristía nos bañamos en la sangre del Señor. En la Escritura el cáliz también es signo de la boda, de la fiesta y de la victoria: por eso, dentro está Cristo que somos también todos nosotros su cuerpo.
De la Eucaristía, de lo creado (marrón), nosotros comprendemos y adquirimos esa mentalidad que nos hace ver que todo es sacramento de lo divino. La iglesia entiende la sacramentalidad de lo creado.
Cristo que es comida, copa, bebida, es la comunión con el Padre.
Cuando abrimos el sagrario nos encontramos con otros dos íconos. En uno están Pedro y Pablo en la barca que es la Iglesia cuerpo de Cristo. En el otro el velo de la Verónica que revela el rostro de Cristo que podemos contemplar en la Eucaristía.
El altar que es Cristo, tiene forma cuadrada que resume el signo de mesa y de sacrificio. La forma de cuatro lados iguales se abre a los cuatro puntos cardinales del mundo que se alimentan de la justicia de Dios. Tiene cuatro cruces, en dos de ellas hay dos ángeles que llevan la ofrenda al altar del cielo (Canon Romano); y en las otras dos está representada la Jerusalén celestial con el trono del Cordero en la que mira al pueblo está junto a María y Juan el Bautista y la multitud de los santos pues es toda la Iglesia en alabanza al Cristo pascual; en la otra, donde está el presidente, la multitud de los mártires que claman y cantan, pues donde hay un mártir (testigo) allí está Cristo y la sangre de los mártires es la sangre de Cristo derramada, por eso en la antigüedad sobre la tumba de los mártires se edificaban las iglesias (el texto del ícono en terracota dice “hasta cuando tú, que eres Santo, no hagas justicia”, cf. Ap 6,9-10).
Y ahora unas imágenes que ilustran toda esta profunda teología.

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